Cuentos cortos

Delirios ilustrados

Vida de alcantarilla

 

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Como era un ratón presumido, se fue a vivir a la cocina del restaurante más famoso de la ciudad. Un día, mientras intentaba alcanzar unas migajas de parmesano, escuchó un ¡clac! que le encalambró la cola. Había caído en una trampa para ratones. Chillando de dolor, rodó por la ventana del tercer piso y fue a dar al fondo de una alcantarilla. No era la primera vez que caía tan bajo, al fin y al cabo, en una de sus otras vidas había sido político.

 

El topo

 

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Aún no se había acostumbrado a su nueva vida, pero ya llevaba tres días cavando bajo la tierra. Cuando por fin pudo salir a la superficie, lo recibió un balonazo que lo devolvió al hueco del que había salido. Estaba en la mitad de una cancha de fútbol. “No vi ese balón”, dijo repitiendo las mismas palabras que un día, en su anterior vida, le había dicho a un jugador que le reclamó por no pitar un penal clarísimo en una final. Desde ese momento lo apodaron El Topo.

 

Lágrimas de cocodrilo

 

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Vivir bajo las aguas del Amazonas era mejor de lo que había pensado. No era muy diferente a lo que estaba acostumbrado. No pagaba por nada y todos le tenían miedo. Una mañana, mientras perseguía a una iguana, le dispararon un dardo y lo encerraron en un camión. Pronto se convertiría en un hermoso bolso de piel, muy parecido a los que les robaba a las señoras emperifolladas a punta de navajas y pistola, en su antigua vida de ciudad.

 

El pulpo y la sardina

 

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Mientras paseaba por la cueva marina, vio a un pequeño pez nadando cerca. Era una sardinita de las que tanto le gustaba perseguir. Así que, sin pensarlo mucho, se la tragó de un mordisco. Pero como las cosas a veces no son lo que parecen, la sardina no era tal, y él terminó convertido en la cena de un restaurante de la costa. Allí, un par de chicas, como a las que constante mente se “topaban” con sus dedos en el transporte público en su vida de humano, picaron en pedacitos sus tentáculos y se los comieron con limón y papitas fritas.

 

El cucarrón amarillo

 

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Estaba limpiándose las patas cuando la dueña de la casa apagó la luz del cuarto. Como estaba pegado al bombillo, inmediatamente cayó en picada y se estampó en el piso, con tan mala suerte que quedó patas arriba. Un rayito de luz le dejaba ver a otros insectos que pasaban por su lado, ignorándolo. Mientras él les suplicaba que lo ayudaran a voltearse, se acordó de todas las veces que en su vida anterior le había dicho a la gente que lo paraba en la calle: “Ah no, yo por allá no voy”.

 

Publicado en la revista Bacánika
https://www.bacanika.com/historia/cuentos/item/delirios-ilustrados-karma.html

Ilustraciones
Paola Escobar y Alejandro Mesa

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Corto/letrajes

Arte: @jhonnyvic

ESQUEFANTE

11226008_10152687146002757_7093589550423290648_nCuando tuvo al cazador en frente, intentó hacer un trato con él. Como quería conservar los colmillos, le ofreció su colección de laminitas del álbum de Jet. El cazador no se dejó tentar con aquella propuesta y disparó un dardo de sueño. Cuando el elefante se despertó, el álbum ya no estaba.

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CORANGOSTA

corangostaCansada de salir igual en todas las fotos, fue a la peluquería a que le hicieran algo diferente. Lo único que encontró en el revistero fue una colección de corales del pacífico.

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PULPONGO

pulpongoVio caballitos de mar cabalgando entre unicornios y salmones dejándose llevar por la corriente. Sus tentáculos hacían coreografías al ritmo de Fruit de la Passion, mientras su mente viajaba por un espacio cósmico. Se había comido un hongo.

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PESQUELETO

pescsdo-mitadEn un afán de supervivencia, decidió tatuarse un esqueleto. Ese día dejó de ser la comida preferida de los tiburones. Ya no lo veían provocativo. La estrategia tuvo tanto éxito en el cardumen, que abrió su propia tienda de tatuajes y no tiene citas disponibles hasta julio del próximo año.

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Hasta el año tres mil

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Poco antes de que los domingos fueran amargos, parados en los cables de luz, los pajaritos escucharon al abuelo preguntándole a una niña de pelo negro y piel morena, por qué llevaba un vestido tan largo, que si pensaba volverse monja. Ella, que lo había comprado solo para ir a visitarlo el día de su cumpleaños, no podía ocultar la pena mientras partía la torta y cantaba con más fuerza que nunca: “¡Hasta el año tres mil!”.

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Muerta de risa

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Necesitaba estar muy cerquita, pero sin caerse. Como casi no veía, se puso de pie, se sentó en el marco de sus gafas y empezó a moverse: “adelante y atrás, adelante y atrás”. Sus pies en el aire eran como un motor y sus gafas un columpio que la acercaba y alejaba de todo lo que quería. Cuando abrió los ojos, se puso de nuevo las gafas y muerta de risa se acomodó en su silla del salón de matemáticas.

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