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Tomé el espacio de Lorem ipsum como un medio para dar a conocer una pequeña historia que cumple la misma labor de este texto clásico: rellenar sin distraer. Pequeño Sisiano es una combinación de español y la misteriosa lengua de mi imaginación. Por eso, a pesar de tener palabras desconocidas, la sencillez del texto lo hace fácil de entender.

Cópialo de aquí:

 


Pequeño Sisiano

Su galapor chocó contra un árbol de Titú. ¡Claro! Por andar emplantinado contemplando a esas extrañas letinas. El golpe fue tan gatiloso, que tuvo que desaparecer de la escena del crimen para no levantar mitunos. El pequeño Sisiano ahora se encontraba solito solo en Kreimentiti. Todos los sisianos eran diferentes. Este era mitipluno, honiplón y de nolitos violeta. Cuando se amustaplaba, desprendía un olor a uva silvestre. Tenía la calaceta llena de sazíguas de colores y siempre usaba un vestido de aspaligúas brillantes. Iplúas después del estrapiletor, los papabios de la tribu lo encontraron tatiluño en una babacúa y lo escondieron en sus hamalacas para protegerlo del munetat. Tres iplúas después, el pequeño Sisiano se sentía como en umaca en Kreimentiti. lo Lo que más le gustaba de su nueva umaca era el Ñanamara porque podía jumineciarse junto a las letinas, mientras estas hacían el rito del meneo con un lilito de madera peluda. De izquierda a derecha arnicatlaban el suelo y cantaban versos a la naturaleza. Después del ritual, llegaba la hora umbriaca. Pronto se acostumbró a las titianas, pulines, tekiris, amantarines y cuarigales. Estaba amaltinado, pues en su munetat no había nada de eso. El pequeño Sisiano se sentía amigacitelinado pero feliz. Iba sigaliuno de casa en casa dándoles un zogasopi agradecido. Durante el recorido los amaciguanes del munetat aprendieron un poco de sisianés y se tomaron fitufines para su zazín. El pequeño Sisiano vivió para siempre en su galapor, ese que un iplúa chocó contra un árbol de Titú.


 

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CORTOS SALVAJES

ESQUEFANTE

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Cuando tuvo al cazador en frente, intentó hacer un trato con él. Como quería conservar los colmillos, le ofreció su colección de laminitas del álbum de Jet. El cazador no se dejó tentar con aquella propuesta y disparó un dardo de sueño. Cuando el elefante se despertó, el álbum ya no estaba.

***

CORANGOSTA

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Cansada de salir igual en todas las fotos, fue a la peluquería a que le hicieran algo diferente. Lo único que encontró en el revistero fue una colección de corales del pacífico.

***

PULPONGO

 

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Vio caballitos de mar cabalgando entre unicornios y salmones dejándose llevar por la corriente. Sus tentáculos hacían coreografías al ritmo de Fruit de la Passion, mientras su mente viajaba por un espacio cósmico. Se había comido un hongo.

***

PESQUELETO

 

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En un afán de supervivencia, decidió tatuarse un esqueleto. Ese día dejó de ser la comida preferida de los tiburones. Ya no lo veían provocativo. La estrategia tuvo tanto éxito en el cardumen, que abrió su propia tienda de tatuajes y no tiene citas disponibles hasta julio del próximo año.

***

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Cuentos cortos

Delirios ilustrados

Vida de alcantarilla

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Como era un ratón presumido, se fue a vivir a la cocina del restaurante más famoso de la ciudad. Un día, mientras intentaba alcanzar unas migajas de parmesano, escuchó un ¡clac! que le encalambró la cola. Había caído en una trampa para ratones. Chillando de dolor, rodó por la ventana del tercer piso y fue a dar al fondo de una alcantarilla. No era la primera vez que caía tan bajo, al fin y al cabo, en una de sus otras vidas había sido político.

 

El topo

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Aún no se había acostumbrado a su nueva vida, pero ya llevaba tres días cavando bajo la tierra. Cuando por fin pudo salir a la superficie, lo recibió un balonazo que lo devolvió al hueco del que había salido. Estaba en la mitad de una cancha de fútbol. “No vi ese balón”, dijo repitiendo las mismas palabras que un día, en su anterior vida, le había dicho a un jugador que le reclamó por no pitar un penal clarísimo en una final. Desde ese momento lo apodaron El Topo.

 

Lágrimas de cocodrilo

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Vivir bajo las aguas del Amazonas era mejor de lo que había pensado. No era muy diferente a lo que estaba acostumbrado. No pagaba por nada y todos le tenían miedo. Una mañana, mientras perseguía a una iguana, le dispararon un dardo y lo encerraron en un camión. Pronto se convertiría en un hermoso bolso de piel, muy parecido a los que les robaba a las señoras emperifolladas a punta de navajas y pistola, en su antigua vida de ciudad.

 

El pulpo y la sardina

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Mientras paseaba por la cueva marina, vio a un pequeño pez nadando cerca. Era una sardinita de las que tanto le gustaba perseguir. Así que, sin pensarlo mucho, se la tragó de un mordisco. Pero como las cosas a veces no son lo que parecen, la sardina no era tal, y él terminó convertido en la cena de un restaurante de la costa. Allí, un par de chicas, como a las que constante mente se “topaban” con sus dedos en el transporte público en su vida de humano, picaron en pedacitos sus tentáculos y se los comieron con limón y papitas fritas.

 

El cucarrón amarillo

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Estaba limpiándose las patas cuando la dueña de la casa apagó la luz del cuarto. Como estaba pegado al bombillo, inmediatamente cayó en picada y se estampó en el piso, con tan mala suerte que quedó patas arriba. Un rayito de luz le dejaba ver a otros insectos que pasaban por su lado, ignorándolo. Mientras él les suplicaba que lo ayudaran a voltearse, se acordó de todas las veces que en su vida anterior le había dicho a la gente que lo paraba en la calle: “Ah no, yo por allá no voy”.

 

Publicado en la revista Bacánika
https://www.bacanika.com/historia/cuentos/item/delirios-ilustrados-karma.html

Ilustraciones
Paola Escobar y Alejandro Mesa

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Cuentos

No me olvides

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Fue una suerte que llegaras completa después de seis horas de viaje en un camioncito al que le sonaba hasta la pintura. Era un pueblo pequeño, pero muy colorido. Siempre hacía sol y la gente caminaba por la calle repartiendo sonrisas. El conductor paró en una esquina, al lado de un kiosco de flores. Te tomó por el tallo y le preguntó al florista que estaba acomodando unos Geranios, si podía cambiarte por un ramo de rosas. El florista soltó una risotada y le dijo que por ti, solo podría darle dos rosas. El conductor, que no tenía ánimos de regatear, aceptó. Al fin y al cabo, dos rosas enamoran más que un ramo de flores pequeñas, pensó mientras ponía el carro en marcha. Tú te quedaste allí, en las manos del florista.

El dueño del kiosco no se llevaba muy bien con la comida, o al menos eso parecía. Era flaco y las gafas que usaba no lograban ocultar ni la tercera parte de sus ojeras. Tenía una cana y tres arrugas por cada flor que había vendido. Sus manos eran ágiles armando ramos en segundos, pero estaban llenas de chuzadas de espinas. No pensaba mucho a la hora de vestirse, siempre usaba jeans, camiseta blanca y un delantal color marfil que le llegaba hasta las rodillas.

A pesar de vender flores, no parecía muy feliz. Te dejó en el último puesto de la repisa. El lugar perfecto si los perros, gatos y ratones compraran flores. ¿Te acuerdas cómo era aquella repisa? Un grupito de cubetas plateadas y oxidadas encima de una superficie de madera vieja. Los nombres de cada flor estaban escritos en cartulina, al parecer, por alguien que quería aprender a escribir con la mano izquierda. La estructura tenía 4 filas, cada una con 4 cubetas para cada tipo de flor. A ti te tocó al lado de los Girasoles y debajo de las Petunias.

Eran las 9 de la mañana. Hacía un día hermoso, pero tú estabas triste. Te sentías menos que las demás flores. Pensabas que a nadie le interesaría regalar un ramo de No me olvides, cuando se pueden escoger Rosas, Violetas o Margaritas. Te atormentabas pensando que solo eras un montón de florecitas azules, sin lujo ni gracia.

Escuchaste el “¡Psss, pss!” de un girasol curioso dándote la bienvenida. Te contó que el baño y la peluquería eran a las 11, y que el dueño consentía más a unas, que a otras, que todo dependía del precio. Las otras flores se mostraron indiferentes. Solo una rosa roja murmuró algo. Dijo que apostaba 3 pétalos a que nadie te elegiría ese día. Así pues, se armó un escándalo entre las flores, todas querían entrar en la apuesta. “Me llamo Bellis perennis, pero me dicen Margarita. Apuesto un Me quiere, No me quiere, a que te quedas a vivir aquí para siempre”. Un coro señorial se sumó a la discusión desde la mitad de la repisa. Viste a tres Hortensias que te miraban desde arriba. Hablaron al mismo tiempo: “Nosotras te damos un día. Luego, el florista te regalará al primer viudo pobre y desesperado que pase por aquí”. No se te hizo extraño. De una flor con ese nombre no se puede esperar nada dulce. El ruido se hizo casi indescifrable. Todas empezaron a gritar al tiempo: “Yo voy 3 pétalos y un filamento”. “Yo medio tallo”. “A mí, que me arranquen los sépalos”. Fue tan triste, que una de tus florecitas cayó al suelo. Tu primera lágrima de flor.

A las 11, apareció el florista con una regadera azul, unas tijeras y un papel transparente, muy feo, por cierto. Una gota de agua te cayó encima y supiste que había llegado la hora del baño. Por fin algo bueno. Empezó por las de arriba. Las separó en grupitos, de 5 a las más grandes y de 10 o 12 a las más pequeñas. A todas las regaron, les cortaron el tallo, les quitaron las hojas marchitas y les pusieron un vestido de plástico. A todas menos a ti.

Las horas pasaron y una a una fueron dejando aquel lugar. Se marcharon con señoras encopetadas a las que los esposos ya no les regalaban ni una mirada y les tocaba auto regalarse hasta las flores. Otras dejaron el puesto de la mano de adolescentes enamorados y viejos solitarios. Antes de irse, te miraban con lástima. Te gritaban cosas horribles. No parecían flores sino ramos de Manzanillo de la muerte.

Te quedaste sola en la repisa.

El flaco ojeroso y amargado florista, dijo en voz alta que te tiraría a la basura, que había perdido plata al ocupar una cubeta entera contigo. Alegó y refunfuñó, hasta que un hombre de pelo castaño y ojos verdes llegó corriendo al kiosco. Llevaba puesto un traje azul sin corbata. Con la voz entrecortada de tanto correr, le preguntó al vendedor por las flores, pero éste le dijo que ya no le quedaban. Que volviera mañana y tendría Petunias, Rosas, Girasoles… El hombre lo interrumpió y le preguntó por ti: “¿Y esas? ¿Cuánto valen?”. “Estas nadie las quiere”, dijo el dueño mientras te dejaba en la basura. “Pues yo sí las quiero, es más, las necesito”, dijo el hombre rescatándote de la sucia cubeta. Buscó en uno de sus bolsillos, le entregó un billete al florista y se fue corriendo sin esperar el cambio.

La prisa, el viento en la cara y el perfume de aquel hombre, te tenían medio mareada. Cerraste los pétalos y cuando los abriste, estabas en las suaves manos de una mujer vestida de blanco. Llevaba un anillo de compromiso y un vestido con 5 metros de cola.

Unos murmullos conocidos rompieron el encanto. “¿Es ella?”. “¡No lo puedo creer!”. “Pero, ¿qué hace aquí?”. Eran las flores de la repisa. Todas estaban allí. Algunas como centro de mesa, otras de recordatorio y las menos afortunadas terminaron enredadas en peinados extravagantes. En cambio tú, eras la más importante de todas. Te sentiste tan feliz.

Sonó la marcha nupcial y tu nueva dueña te dio un beso: “Aquí vamos”.

***

No me olvides: Florece en verano y primavera. Sus papás, tíos y primos son de la familia de las Boraginaceae. Es pequeña, pelosa y sus hojas tienen forma lanceolada. Siempre va de azul, pero también usa vestidos rosados y blancos. Le gusta vivir a la sombra de los climas cálidos, por eso se baña, un día sí y un día no.  Su misión es llevar amor sincero a todas las personas.

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Cuentos cortos

Hasta el año tres mil

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Poco antes de que los domingos fueran amargos, parados en los cables de luz, los pajaritos escucharon al abuelo preguntándole a una niña de pelo negro y piel morena, por qué llevaba un vestido tan largo, que si pensaba volverse monja. Ella, que lo había comprado solo para ir a visitarlo el día de su cumpleaños, no podía ocultar la pena mientras partía la torta y cantaba con más fuerza que nunca: “¡Hasta el año tres mil!”.

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