Cuentos cortos

Corto/letrajes

Arte: @jhonnyvic

ESQUEFANTE

11226008_10152687146002757_7093589550423290648_nCuando tuvo al cazador en frente, intentó hacer un trato con él. Como quería conservar los colmillos, le ofreció su colección de laminitas del álbum de Jet. El cazador no se dejó tentar con aquella propuesta y disparó un dardo de sueño. Cuando el elefante se despertó, el álbum ya no estaba.

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CORANGOSTA

corangostaCansada de salir igual en todas las fotos, fue a la peluquería a que le hicieran algo diferente. Lo único que encontró en el revistero fue una colección de corales del pacífico.

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PULPONGO

pulpongoVio caballitos de mar cabalgando entre unicornios y salmones dejándose llevar por la corriente. Sus tentáculos hacían coreografías al ritmo de Fruit de la Passion, mientras su mente viajaba por un espacio cósmico. Se había comido un hongo.

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PESQUELETO

pescsdo-mitadEn un afán de supervivencia, decidió tatuarse un esqueleto. Ese día dejó de ser la comida preferida de los tiburones. Ya no lo veían provocativo. La estrategia tuvo tanto éxito en el cardumen, que abrió su propia tienda de tatuajes y no tiene citas disponibles hasta julio del próximo año.

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Cuentos

No me olvides

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Fue una suerte que llegaras completa después de seis horas de viaje en un camioncito al que le sonaba hasta la pintura. Era un pueblo pequeño, pero muy colorido. Siempre hacía sol y la gente caminaba por la calle repartiendo sonrisas. El conductor paró en una esquina, al lado de un kiosco de flores. Te tomó por el tallo y le preguntó al florista que estaba acomodando unos Geranios, si podía cambiarte por un ramo de rosas. El florista soltó una risotada y le dijo que por ti, solo podría darle dos rosas. El conductor, que no tenía ánimos de regatear, aceptó. Al fin y al cabo, dos rosas enamoran más que un ramo de flores pequeñas, pensó mientras ponía el carro en marcha. Tú te quedaste allí, en las manos del florista.

El dueño del kiosco no se llevaba muy bien con la comida, o al menos eso parecía. Era flaco y las gafas que usaba no lograban ocultar ni la tercera parte de sus ojeras. Tenía una cana y tres arrugas por cada flor que había vendido. Sus manos eran ágiles armando ramos en segundos, pero estaban llenas de chuzadas de espinas. No pensaba mucho a la hora de vestirse, siempre usaba jeans, camiseta blanca y un delantal color marfil que le llegaba hasta las rodillas.

A pesar de vender flores, no parecía muy feliz. Te dejó en el último puesto de la repisa. El lugar perfecto si los perros, gatos y ratones compraran flores. ¿Te acuerdas cómo era aquella repisa? Un grupito de cubetas plateadas y oxidadas encima de una superficie de madera vieja. Los nombres de cada flor estaban escritos en cartulina, al parecer, por alguien que quería aprender a escribir con la mano izquierda. La estructura tenía 4 filas, cada una con 4 cubetas para cada tipo de flor. A ti te tocó al lado de los Girasoles y debajo de las Petunias.

Eran las 9 de la mañana. Hacía un día hermoso, pero tú estabas triste. Te sentías menos que las demás flores. Pensabas que a nadie le interesaría regalar un ramo de No me olvides, cuando se pueden escoger Rosas, Violetas o Margaritas. Te atormentabas pensando que solo eras un montón de florecitas azules, sin lujo ni gracia.

Escuchaste el “¡Psss, pss!” de un girasol curioso dándote la bienvenida. Te contó que el baño y la peluquería eran a las 11, y que el dueño consentía más a unas, que a otras, que todo dependía del precio. Las otras flores se mostraron indiferentes. Solo una rosa roja murmuró algo. Dijo que apostaba 3 pétalos a que nadie te elegiría ese día. Así pues, se armó un escándalo entre las flores, todas querían entrar en la apuesta. “Me llamo Bellis perennis, pero me dicen Margarita. Apuesto un Me quiere, No me quiere, a que te quedas a vivir aquí para siempre”. Un coro señorial se sumó a la discusión desde la mitad de la repisa. Viste a tres Hortensias que te miraban desde arriba. Hablaron al mismo tiempo: “Nosotras te damos un día. Luego, el florista te regalará al primer viudo pobre y desesperado que pase por aquí”. No se te hizo extraño. De una flor con ese nombre no se puede esperar nada dulce. El ruido se hizo casi indescifrable. Todas empezaron a gritar al tiempo: “Yo voy 3 pétalos y un filamento”. “Yo medio tallo”. “A mí, que me arranquen los sépalos”. Fue tan triste, que una de tus florecitas cayó al suelo. Tu primera lágrima de flor.

A las 11, apareció el florista con una regadera azul, unas tijeras y un papel transparente, muy feo, por cierto. Una gota de agua te cayó encima y supiste que había llegado la hora del baño. Por fin algo bueno. Empezó por las de arriba. Las separó en grupitos, de 5 a las más grandes y de 10 o 12 a las más pequeñas. A todas las regaron, les cortaron el tallo, les quitaron las hojas marchitas y les pusieron un vestido de plástico. A todas menos a ti.

Las horas pasaron y una a una fueron dejando aquel lugar. Se marcharon con señoras encopetadas a las que los esposos ya no les regalaban ni una mirada y les tocaba auto regalarse hasta las flores. Otras dejaron el puesto de la mano de adolescentes enamorados y viejos solitarios. Antes de irse, te miraban con lástima. Te gritaban cosas horribles. No parecían flores sino ramos de Manzanillo de la muerte.

Te quedaste sola en la repisa.

El flaco ojeroso y amargado florista, dijo en voz alta que te tiraría a la basura, que había perdido plata al ocupar una cubeta entera contigo. Alegó y refunfuñó, hasta que un hombre de pelo castaño y ojos verdes llegó corriendo al kiosco. Llevaba puesto un traje azul sin corbata. Con la voz entrecortada de tanto correr, le preguntó al vendedor por las flores, pero éste le dijo que ya no le quedaban. Que volviera mañana y tendría Petunias, Rosas, Girasoles… El hombre lo interrumpió y le preguntó por ti: “¿Y esas? ¿Cuánto valen?”. “Estas nadie las quiere”, dijo el dueño mientras te dejaba en la basura. “Pues yo sí las quiero, es más, las necesito”, dijo el hombre rescatándote de la sucia cubeta. Buscó en uno de sus bolsillos, le entregó un billete al florista y se fue corriendo sin esperar el cambio.

La prisa, el viento en la cara y el perfume de aquel hombre, te tenían medio mareada. Cerraste los pétalos y cuando los abriste, estabas en las suaves manos de una mujer vestida de blanco. Llevaba un anillo de compromiso y un vestido con 5 metros de cola.

Unos murmullos conocidos rompieron el encanto. “¿Es ella?”. “¡No lo puedo creer!”. “Pero, ¿qué hace aquí?”. Eran las flores de la repisa. Todas estaban allí. Algunas como centro de mesa, otras de recordatorio y las menos afortunadas terminaron enredadas en peinados extravagantes. En cambio tú, eras la más importante de todas. Te sentiste tan feliz.

Sonó la marcha nupcial y tu nueva dueña te dio un beso: “Aquí vamos”.

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No me olvides: Florece en verano y primavera. Sus papás, tíos y primos son de la familia de las Boraginaceae. Es pequeña, pelosa y sus hojas tienen forma lanceolada. Siempre va de azul, pero también usa vestidos rosados y blancos. Le gusta vivir a la sombra de los climas cálidos, por eso se baña, un día sí y un día no.  Su misión es llevar amor sincero a todas las personas.

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