Relatos

Bruma

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No sé por qué se vino esa palabra a mi cabeza. Abrumada, me siento abrumada. Nunca había estado así, ni tampoco sé de dónde salió ese término. He estado triste, aburrida, deprimida, cansada, desanimada, desilusionada, desconsolada; pero nunca abrumada. Es más, pensé que no sabía lo que significaba.
Lo explicaré para que el que no sepa, pueda entenderme. Estar abrumada es ir por la vida abrazando una neblina que no deja ver, es andar por ahí en cámara lenta. Con una nube pegada a la cabeza. Con cuerpo de nube. Vestido de nube. Y lágrimas de nube. También se parece mucho a pararse al lado de un edificio mientras lo demuelen, al sonido del fondo del mar, a un huracán llamado Gabriela, a un incendio en la cocina, al humo de 300 cigarrillos, al frío de las cinco de la mañana, a madrugar sin dormir, a mis gafas cuando se empañan, a esos perritos de pelo largo que no ven bien y chocan con todo.
Una bruma tan espesa, que me envuelve como una serpiente. Me ahoga y se mete en mi cabeza como un hechizo oportuno que siempre llega para ayudarme a desaparecer.

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