Cuentos cortos

Hasta el año tres mil

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Poco antes de que los domingos fueran amargos, parados en los cables de luz, los pajaritos escucharon al abuelo preguntándole a una niña de pelo negro y piel morena, por qué llevaba un vestido tan largo, que si pensaba volverse monja. Ella, que lo había comprado solo para ir a visitarlo el día de su cumpleaños, no podía ocultar la pena mientras partía la torta y cantaba con más fuerza que nunca: “¡Hasta el año tres mil!”.

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Relatos

Una Servilleta

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Cuando caí en cuenta, el futuro ya me tenía los pies agarrados. Se me cerró la garganta. Caí en un abismo. Me llevó el huracán Mamá y Papá. Saber que no volvería a casa con ellos, fue como golpearme el dedo pequeño del pie de mi corazón. Yo me quedé en Medellín. Ellos volvieron a Quibdó con mi hermano, y sin mí.

Una lágrima cayó al suelo. Luego otra, y otra. Mientras lloraba más que una niña perdida en la sección de cebollas del supermercado, le pedí una servilleta a la señora de la tienda del frente. Al verla, no pensé que, tal vez, trabajaba como profesora de matemáticas en las mañanas, porque efectivamente me entregó una(sola) servilleta. No sabía si llorar porque ya no viviría más con mis papás, o porque todas mis lágrimas no cabrían en ese pedacito de papel.
La tristeza se me enredó en varias probabilidades. ¿Por qué una sola servilleta? Me imaginé que, de pronto, la señora pertenecía a una organización secreta, que trabajaba por el cuidado del planeta y tenía cámaras dentro de la tienda vigilando su gasto diario de papel.

¿Y si ese era el último paquete de servilletas del planeta? El resto habría sido enviado a cubrir la ola de gripa de un país europeo, o terminó en los botes de basura de algún McDonald’s. También me tentó mucho la idea de que la señora pudo haber prestado servicio militar en los 80’s, y por eso si alguien le pedía una cosa, para ella era una exacta. Ni más ni menos.

De tanto pensar bobadas, terminé imaginando cómo crear un nuevo sistema de medidas para la tristeza. Haría una tabla con situaciones y números exactos, las repartiría en colegios, universidades, empresas y parques. Daría conferencias acerca de Cómo medir la tristeza con servilletas o Cómo sobrevivir a 3.000 lágrimas en un aeropuerto. Lanzaría mi propia marca de paños de algodón y la llamaría “Toma las que necesites”.

La tabla tendría todo tipo de medidas: Extrañar a la familia, 1000 servilletas. Ver El Rey León, 900 servilletas. Dolor de muela, 700 servilletas. El noticiero del medio día, 500 servilletas. Una caída en patines, 400 servilletas. Perder el avión, 300 servilletas. Una película de drama con Will Smith, 350 servilletas.

Aunque este sistema no es tan famoso como el Sistema Métrico Decimal, y supongo que John Wilkins no debe estar muy contento con esta invención desesperada, después de haber gastado millones de neuronas creando el metro. Yo solo espero encontrarme a la señora de la tienda y regalarle 100 paquetes de servilletas dobles, acolchadas, antigripales y ultra absorbentes, con instrucciones de uso.

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Cuentos

Entre las rodillas y el ombligo

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-Mami, ¿Sabes a dónde va la comida? -Preguntó solo para darse el gusto de corregir a los adultos que siempre entienden todo mal.
Un día, mientras jugaba con su trenza azabache y comía manzana, sintió que los mordiscos bajaban por su garganta como dando pasitos en piso mojado. Corrió a mirarse en el espejo de su cuarto, tenía puesto un vestido de flores que le llegaba hasta la rodilla, el de los martes. Allí parada frente al espejo, empezó a sospechar dónde estaba aquella chocolatina que se había comido el año pasado: en el dedo pequeño del pie.
Y así, mientras miraba cada esquina de su cuerpo, fue encontrando la respuesta. En los dedos de los pies estaban las crispetas de todas las idas a cine y algunos barquillos de vainilla. Entre tobillos y rodillas había sopa de verduras, pasta carbonara, jugo de remolacha obligado, arroz con leche, una cucharada de jarabe para la tos, buñuelos navideños, un chocolate con clavos y canela, y hasta un inoportuno chicle. Luego, se acordó de unos huevos revueltos, media piña, unas tostadas con mermelada, las guayabas de la finca del tío Heriberto, y unos pancakes con miel que seguro estaban entre las rodillas y el ombligo.

-Mami, ¿Sabes a dónde va la comida? Yo te lo puedo explicar. Todo lo que comemos baja por la garganta y llega hasta los pies, estos se van llenando y cuando la comida llega hasta la cabeza, te mueres.

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Relatos

Perdida

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Distraída, todo te fastidia, no ves bien y no quieres ver bien. No encuentras qué ponerte, te duele la cabeza todos los días a las 5:00 p.m.; vas, vienes, dejas de comer, caminas hacia atrás, te cortas el pelo, no quitas la mirada del techo, corres, cantas bajito, miras las ardillas desde la ventana, tomas café, te haces un tatuaje y tomas más café; también lloras, lloras mucho. Un día te levantas, te maquillas, te pones los zapatos de flores o los azules, ahora te da lo mismo. Bajas las escaleras jugando con las llaves. Te subes al carro, pero esta vez no pones música. Afuera llueven hojas cargadas de agua. Diez minutos después, te parqueas y subes 37 escalones. Cuando llegas, ya estabas allí, sentada al lado de la puerta. Te paras al lado y te dices: “Vamos, es todo por hoy”. Te tomas de la mano y te vas.
Cuando me pierdo, me busco en la puerta de tu casa.

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Relatos

Bruma

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No sé por qué se vino esa palabra a mi cabeza. Abrumada, me siento abrumada. Nunca había estado así, ni tampoco sé de dónde salió ese término. He estado triste, aburrida, deprimida, cansada, desanimada, desilusionada, desconsolada; pero nunca abrumada. Es más, pensé que no sabía lo que significaba.
Lo explicaré para que el que no sepa, pueda entenderme. Estar abrumada es ir por la vida abrazando una neblina que no deja ver, es andar por ahí en cámara lenta. Con una nube pegada a la cabeza. Con cuerpo de nube. Vestido de nube. Y lágrimas de nube. También se parece mucho a pararse al lado de un edificio mientras lo demuelen, al sonido del fondo del mar, a un huracán llamado Gabriela, a un incendio en la cocina, al humo de 300 cigarrillos, al frío de las cinco de la mañana, a madrugar sin dormir, a mis gafas cuando se empañan, a esos perritos de pelo largo que no ven bien y chocan con todo.
Una bruma tan espesa, que me envuelve como una serpiente. Me ahoga y se mete en mi cabeza como un hechizo oportuno que siempre llega para ayudarme a desaparecer.

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Cuentos cortos

Muerta de risa

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Necesitaba estar muy cerquita, pero sin caerse. Como casi no veía, se puso de pie, se sentó en el marco de sus gafas y empezó a moverse: “adelante y atrás, adelante y atrás”. Sus pies en el aire eran como un motor y sus gafas un columpio que la acercaba y alejaba de todo lo que quería. Cuando abrió los ojos, se puso de nuevo las gafas y muerta de risa se acomodó en su silla del salón de matemáticas.

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